Testimonio de una víctima de persecución del régimen comunista chino
Por Zhang Xiaolin / el 17 septiembre 2010
Finalizar una larga pesadilla al decir la verdad
En el verano de 2003 me uní a un tour para visitar Hawai. Eran unas vacaciones perfectas –cielo azul, palmeras, islas volcánicas, nadar entre las olas– que se convirtieron en una pesadilla a mi regreso a China.
Inmediatamente después de regresar a casa fui detenida por la policía de seguridad estatal del distrito de Jing'an, de la Oficina de Seguridad Pública de Shanghai. Me interrogaron severamente por tres días y noches consecutivas. Encendieron focos de 3.000 watt sobre mí y me prohibieron dormir.
¿Mi delito? Había aceptado algunos volantes de Falun Gong en Hawai.
Una noche un grupo de practicantes de Falun Gong habían colocado unos carteles junto a nuestro hotel. Los paneles mostraban fotografías e ilustraciones de los acontecimientos que sucedieron durante el movimiento anti-derechista en China, la Revolución Cultural, la masacre de la plaza Tiananmen, y más recientemente, la persecución a Falun Gong, una práctica tradicional de meditación y auto-mejoramiento.
Olvidando las instrucciones de nuestro guía sobre permanecer lejos de los carteles de Falun Gong y de no tomar nada de su literatura, me acerqué a echar un vistazo.
Las fotos mostraban la historia de nuestro país bajo el comunismo –el lado oscuro sobre el que los chinos sienten que no pueden pensar o hablar, los rostros de los torturados y los oprimidos. Cada familia en China conoce sobre el grito silenciado en esos rostros, ha experimentado sufrimientos indecibles, pero no tienen manera de hacer las paces con ello.
Me paré frente a un panel "anti-derechista" que mostraba un hombre más que viejo, encorvado, llevando un cesto de carbón, con una leyenda que decía: "Un derechista en un campo de trabajos transportando carbón".
Lágrimas brotaron de mis ojos. Pensé en mi padre, que fue calificado de derechista y pasó 23 años en un campo de trabajos y que yo soy la hija de un derechista.
Hija de un derechista
Nací en la familia de un trabajador. Mi padre era técnico de una fábrica de sofás en Shanghai. En 1957 el entonces líder del Partido Comunista Chino (PCCh), Mao Zedong, lanzó la campaña "Doscientos", que abogó por "dejar florecer las cien flores y dejar que las cien escuelas de pensamiento compitan". Fue hecha para alentar a los intelectuales a compartir sus puntos de vista y opiniones políticas con el PCCh.
Mi padre, al igual que cientos de miles de académicos y librepensadores, no se dio cuenta que esta campaña fue una conspiración del PCCh para "sacar a las serpientes de sus agujeros". En una reunión presentó sus opiniones a un secretario del partido. Luego, en mayo de 1957, Mao Zedong comenzó su campaña "anti-derechista" para eliminar a todos aquellos que expresaron puntos de vista diferentes al del partido.
Cerca de 550 mil "derechistas" fueron capturados en todo el país, incluyendo mi padre. A finales de 1957, mi padre, denunciado como un derechista, fue enviado a un campo de trabajos para la reforma agrícola. Aunque su condena en el campo fue originalmente de tan sólo un año, estuvo detenido durante 23 años.
Yo nací en marzo de 1958 y nunca vi ni conocí a mi padre desde mi nacimiento hasta su liberación en 1980, cuando tenía 22 años.
Mi infancia fue amarga. Debido a que mi padre era de ultraderecha, nuestra familia se vio obligada a “cortar limpiamente” con él. Mis hermanas y yo adoptamos el apellido de nuestra familia materna.
Aun así, mi infancia estuvo llena de discriminación durante la Revolución Cultural (1966-1976). No se nos permitió unirnos a los Jóvenes Pioneros y a la Liga Juvenil Comunista. Me gustaba cantar y bailar, pero no pude participar en ninguna actividad cultural o artística en la escuela. Siendo la hija de un derechista, fui tratada con desprecio por los profesores y compañeros de clase.
Durante la última parte de la Revolución Cultural, los hijos e hijas de las "Cinco Categorías de Negros" –terratenientes, agricultores ricos, anti-revolucionarios, malos elementos y derechistas– no fueron capaces de unirse al ejército, tener educación o mantener un trabajo.
En 1976 cuando tenía 19 años, fui forzada a ir a un pueblo para realizar trabajo agrícola. Finalmente en 1979 pude volver a Shanghai, reemplazando a mi madre en su trabajo.
Enviada de vuelta
Escuchar a los practicantes de Falun Gong y mirar sus folletos y paneles frente a mi hotel en Hawai inundó mi mente con todos estos recuerdos dolorosos.
Esos practicantes de Falun Gong decían la verdad sobre la feroz represión del PCCh y los varios movimientos diseñados para aterrorizar y subyugar al pueblo. El último de estos movimientos es la persecución a Falun Gong, que despertó enorme simpatía en mí.
Ahí fue cuando yo realmente me di cuenta de que no solamente yo y mi familia fuimos perseguidos por el PCCh, sino que el régimen del PCCh tiene una larga historia de asesinatos y crímenes contra el pueblo chino desde sus inicios hasta ahora, y que ha sido aún peor y más brutal que lo que fue el fascismo.
En China, bajo el comunismo, más de 80 millones de personas han muerto por causas no naturales debido a que el Partido los persiguió. Cientos de millones más, aunque no murieron, han sufrido directamente o mediante afiliación, la severa opresión del PCCh.
Y ahora yo misma pude experimentar la pesada mano del Estado chino que aún hoy no tolera que la más mínima “desviación” en los pensamientos, ideas o creencias surja en las mentes de los ciudadanos.
Cuando regresé a mi grupo del tour, mi corazón estaba agitado y mis ojos aún estaban rojos y húmedos por el llanto. Los guías me regañaron diciendo que mi simpatía con Falun Gong significaba un gran peligro para mí. Confiscaron mi pasaporte, se llevaron los materiales de Falun Gong que los practicantes me habían regalado, y prematuramente me mandaron de vuelta a China.
Durante mi interrogatorio de tres días el personal de seguridad del Estado se dividió en cuatro turnos, alternándose para intentar forzarme a explicar y admitir mi connivencia con los practicantes de Falun Gong, o para confesar una misión para llevar a cabo actividades contra el gobierno, y así sucesivamente.
Debido que sus suposiciones eran infundadas, yo definitivamente no podía admitir la existencia de la llamada colusión. Por último me obligaron a escribir una declaración para garantizar que no tendré ninguna relación con Falun Gong, y que no haría declaraciones contra el gobierno. Recién entonces me soltaron.
Afuera de la estación de policía, mi madre me dijo que para conseguir mi liberación pagó una multa de 30.000 yuanes (alrededor de US 3.700 dólares), una enorme suma de dinero en China, a la policía a través del guía de turismo.
Dado que ella no consiguió un recibo por la llamada "multa", sospeché que el guía de turismo y la policía probablemente malversarían el dinero y lo dividirían entre ellos.
Más tarde fui a ver al guía y le exigí una explicación. Estaba muy nervioso y con miedo que informara a las autoridades respecto del incidente. Luego me devolvió mi pasaporte y me dio a entender que todavía tenía una oportunidad de ir a los Estados Unidos.
Dejando entrar el Sol
En julio de 2003, con mi visa aún vigente vine a los Estados Unidos y he estado viviendo aquí tranquilamente durante los últimos siete años. Pensé que había dejado las cosas del pasado –el interrogatorio luego de las vacaciones en Hawai, y el ser la hija de un derechista– finalmente atrás.
No esperaba que la Expo Mundial en Shanghai de este año traería nuevos problemas para mí y mi familia. La policía fue a su casa para acosarlos e interrogarlos.
Les dijeron que no sólo había estado implicada con Falun Gong en el pasado, un crimen que el régimen no ha anulado, sino que también había estado participando actualmente en actividades que ponen en peligro la seguridad nacional de China en los Estados Unidos.
Le advirtieron a mi padre que me dijera que no se me ocurriera volver a China a crear problemas durante la Expo Mundial, de lo contrario sería llevada directamente a la cárcel al pasar por aduana.
Casi no puedo creer que el incidente hawaiano hace siete años aún atormenta mi vida hoy. El destino de mi padre también está ahora sobre mí. El PCCh, manteniendo su dominio por medio de la violencia y el terror, nunca deja de utilizar el miedo para destruir la conciencia y controlar las mentes y las vidas de las personas.
Se dice que las pesadillas pueden vivir sólo en las tinieblas, pero se desvanecen al sol. Por lo tanto, hoy quiero decir la verdad, desechar abiertamente y negar el documento de garantía que firmé bajo amenaza de violencia por parte de la policía de Shanghai.
Al hacerlo estoy respondiendo a la llamada de los practicantes de Falun Gong para que la gente diga públicamente la verdad sobre el PCCh. Creo que la verdad destruye todas las mentiras y elimina el miedo de las amenazas. El momento en que toda la gente en China sea consciente de la verdad, será el fin del reinado de terror del PCCh.







