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Por D.J. McGuire / 29 de septiembre de 2008
Lejos de ser capaz de combatir la corrupción, la dictadura china depende de la corrupción, y no puede sobrevivir sin ella.
El escándalo de la melamina en los productos lácteos se ha convertido ahora en una crisis internacional. El químico que hasta hoy ha enfermado a 13.000 niños en China continental, podría haber contaminado también la leche en Taiwán, además de Bangladesh, Yemen, Gabón, Burundi y Birmania. Mientras tanto, los dirigentes políticos están admitiendo que entre los cinco productores de leche nacionales, más de uno habría contaminado la leche, incluyendo a los que se les dio el sello de aprobación comunista luego del escándalo de la leche en 2004.

Líderes del Partido Comunista Chino antes del banquete para celebrar el 59o aniversario de la fundación de la República Popular China en el Gran Salón del Pueblo en Beijing, China.
¿Cómo pudo pasar esto? Bien, uno de los principales responsables (Sanlu) era dirigido por Tian Wenhua. Tian tenía también otro trabajo: secretario del comité de corporación del Partido Comunista Chino.
¿Se puede hablar de corrupción?
Uno no necesita estar muy informado para saber que la malversación está muy diseminada y es endémica dentro del régimen comunista chino. Es tan mala que la mafia china (conocida como triadas) y el Partido Comunista Chino están volviéndose indistinguibles en muchas áreas. Lo que no es tan bien conocido es por qué sucede esto.
Un régimen totalitario como el Partido Comunista Chino (PCCh) es difícil de mantener en una nación con más de 1.300 millones de habitantes. Ni siquiera este grupo de Beijing, determinado y sediento de sangre, puede hacerlo todo solo. Necesita gente que posibilite y refuerce los asuntos localmente en todas las regiones y provincias. Aun más, necesitan algo que les permita mantener a esta gente de su lado.
Un primer paso es asegurarse que ningún funcionario público ocupe un cargo sin una membresía del Partido Comunista; el régimen se tuvo que ajustar a esta regla por casi sesenta años. Sin embargo, el truco principal, llegó luego de la muerte de Mao, cuando Deng Xiaoping y sus seguidores encontraron la alternativa perfecta para el socialismo—el corporativismo.
La mayoría de los economistas y políticos ignoran el corporativismo como modelo, pero para el PCCh, fue como enviado por el cielo. La noción de que las “corporaciones privadas” y el estado trabajen cooperativamente como una unidad fue el comienzo perfecto de lo que los dirigentes realmente querían: los beneficios de tener un sector privado sin perder el control del Estado.
Los dirigentes comunistas cambiaron los engranajes de la economía, pasando de tener mandatos orientados al trabajo hacia mandatos orientados a los negocios. En efecto, el PCCh mismo se convirtió en una súper corporación, en la que únicamente miembros del Partido (o sus hijos, otros parientes, esposas o concubinas) tienen permitido “ser dueños” de los negocios. Aquellos que se rehusaron a participar de la oferta del Partido, eran encarcelados mientras veían como sus firmas eran repentinamente apropiadas.
El corporativismo fue prominente en gran parte del siglo 19, pero colapsó en gran medida cuando se volvió claro que un régimen controlado por corporaciones tendría problemas al regular las prácticas de los titiriteros. Sin embargo, para el PCCh, esas preocupaciones no eran necesarias. De hecho, cuanto más corruptas se volvieran las empresas “privadas”, tanto más dependientes eran del PCCh para sobrevivir. Por lo tanto, la corrupción ya no era más un efecto del régimen comunista; la corrupción se había convertido en un instrumento del régimen comunista.
Este instrumento no se limita a los malos actores en las compañías. Los dirigentes locales han estado usando esta carta del Partido durante décadas para adquirir ganancias mal ganadas a expensas de su propio pueblo, todo mientras se proclama lealtad a las masas en Beijing. En respuesta, los líderes centrales no tuvieron otra opción más que apoyar a sus malhechores locales, en tanto y cuanto el problema no se diseminara tanto como para correr el riesgo de una revuelta—como lo es ahora el escándalo de la leche.
Quizás, si el mundo democrático tuviera un mejor entendimiento de su propia historia económica, sería capaz de detectar las señales del corporativismo corrupto, y mantenerse lejos del falso optimismo que rodea la idea de “involucrarse”. Con suerte, la realidad de la depravación y engaño del régimen abriría los ojos de la gente sobre su política extranjera global. Existiría al menos, el conocimiento universal de que este comportamiento indignante del Partido Comunista Chino no es la excepción a la regla, sino la regla misma (el mensaje parece estar claro entre el mismo pueblo chino).
Simplemente hay demasiadas historias de corrupción, robo, apropiación de tierras y otras perfidias como para suponer que son todas partes de una serie de incidentes aislados. De hecho, lejos de ser capaz de combatir la corrupción, el Partido Comunista Chino depende de la corrupción, y no puede sobrevivir sin ella. Desde los dirigentes locales hasta los líderes en Beijing, desde los ladrones “privados” hasta sus patrocinantes en las oficinas públicas, el Partido Comunista Chino goza de la infinita e indiscutida licencia para robar (sin ser atrapado).
Se dijo una vez que el Imperio Romano sobrevivió todo ese tiempo ofreciendo al pueblo “pan y circo”. Los comunistas chinos están robando el pan, así que sólo tienen “circo”. Eso es lo que alimenta el nacionalismo radical y lo que exige silencio e inacción en el extranjero. Con el tiempo, esto no será ya efectivo y el pueblo chino se levantará y reclamará su país nuevamente.
La única pregunta es esta: ¿Cuántos millones de personas y de dólares se perderán hasta ese entonces?
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